
"Carta a Patricia"
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Lugar: Barranco - Lima
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Querida Patricia:
Han pasado algunos días desde que te vi por última vez, y puedes llamarme orate, o tal vez tonto, pero fue exactamente en el momento en que nos despedimos aquella noche y te perdiste formando una sombra en la acera, complementándose la escena, con el silencio de la calle, el color ámbar del farol que se perdía en el cielo, el frio en mis manos, el ruido de mis zapatos, y no sé, tantas cosas; que fue ahí cuando sentí, después de mucho tiempo, eso que se llama soledad. Desde entonces, he tenido la necesidad de redefinir, a estas alturas de mi vida, lo que es la soledad, en la medida de lo posible. La soledad, mi querida Patricia, se podría explicar de muchas maneras, que pasaría toda la noche escribiéndote, y llenando tantas palabras como hojas, y aun así, sé que sería en vano, porque no sabría explicar lo que justamente quiero decir, pero supongo que haré el intento.
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Ayer, durante la cena, mientras esperaba que el café se enfríe en la mesa, me puse a revisar los papeles que tenia dentro del maletín azul; el que llevo de vez en cuando, porque me suele pasar que no recuerdo nunca, el contenido real del mismo, llegando al colmo de que puedan transcurrir días, o quizá hasta semanas, cargando documentos que en su momento fueron muy urgentes, y a los que ya los había dado por desaparecidos, y que pasado un tiempo más tarde, me daba con la sorpresa de que los había llevado siempre conmigo. De estas situaciones absurdas es que suelo reírme sin remedio, tú lo sabes, además, que mas me quedaría, es por eso que nunca dejaré de sorprenderme hasta qué grado insospechado, podría ser yo, una persona tan distraída. Entonces, mientras exploraba en el maletín, encontré, junto a unos informes, algunas valorizaciones y unos cuantos caramelos, un libro de Bryce, de tapa blanca y de pocas hojas, que no hacía mucho, había terminado de leer. Fue cuando recordé inmediatamente una frase que leí en sus primeras páginas, y que para mi sorpresa, no había olvidado marcarla doblándola en la esquina superior derecha de la hoja, como solía hacerlo. La frase dice: “La soledad, es una manera incompleta y única de estar en el mundo. Es cuando tenemos la convicción de que hay una persona que existe, y constatamos que esa misma persona nos hace falta”.
“(…) Es posible que me hubiera aniquilado de la tristeza, si no me reanimase la facilidad para redescubrir la parte cómica de las cosas”, o “la parte buena de las cosas”, reza otra frase que leí hace algún tiempo, en un poemario de Sabines, y que cada ciertos días, me lo repito a mí mismo. La soledad, Patricia, no se debe entender como un estado de depresión, y eso lo sé yo, más que nadie. Entonces no podría decirse que estoy deprimido, aunque hace algún tiempo, haya sido el estado normal de mi ánimo. Pero en fin, no es depresión, Patricia, mas bien, podría decirse que es como una cierta dificultad de ser, nada más, de ser lo que soy, porque se sufre la dolorosa experiencia de una ausencia, de una ausencia que pensé no volver a sentir jamás, y que desde ese día en que tu imagen desaparecía en la esquina, al ritmo lento de tu caminar, se ha ido acrecentando de una manera aterradoramente hermosa.
Pronto será pasada la medianoche, y acá todo es silencio. Estas calles podrían prestarse para el relato más triste de Sábato, o la canción mas melancólica de Silvio, y a pesar de eso, camino por en medio de ellas, como si probara, a cada paso que doy, que la poca cordura que tengo, aun sigue vigente; apoyándome de vez en cuando, en sus paredes de barro seco, o sentándome, cuando el cansancio lo amerita, en sus veredas asimétricas, o en las bancas enfermas de sus parques solitarios. Si tengo suerte, es posible que la lluvia me despierte del letargo en el que me encuentro y me regale uno de esos abrazos que empapan la ropa y estropean los zapatos. Pero no siempre es así, y no queda más remedio que levantarse, llegar al cuarto, cerrar los ojos y esperar que el día termine de apretar el metafísico gatillo. Y es triste, en verdad, es triste. Pero de un tiempo a esta parte, Patricia, e inexplicablemente, ya no es así. Quizá porque antes de acostarme, se dibuja en mi rostro una insólita e indolora sonrisa, y mis ojos se clausuran llevándose consigo la imagen del papel fotográfico colgado de la pared, que en su mixtura de colores, lleva grabada los rasgos de tu sonrisa, y que a su vez me transporta, casi automáticamente, al instante mismo en que te vi por última vez.
He pasado la noche escribiéndote, y no sé si he llegado a cumplir la difícil misión de hacerme entender, que desde ya debes saber, es una tarea de lo más complicada para mí. Entonces, puedo decir, mi querida Patricia, que a partir de ahora, y aunque soy conciente de lo trillado que puede sonar, la soledad, consistirá en contar los días en que he de esperar, para poder volverte a ver.
Gabriel.
aldobendezú